En el desvelo, hiperestesia de los sentidos que como un punto hipnótico ha atraído el recuerdo. Y el hombre tembloroso, apretado al colchón es una fibra de erotismo. Ya no es solo el empuje genésico lo que siente sobre el. Surge ahora el objeto de deseos. La memoria precisa tentaciones de carne. Se fuga de ella. Se pasea los ojos por el circulo inhóspito. Duras paredes y una reja. Pero el veneno de materia, como un río bullente, hierve en la sangre. Corrosivo calentando en las venas del recuerdo, quema y sacude, y la imaginación trenza entre los barrotes el sueño, bocado de la lívido.
Extraña el hombre una boca de seda, suave, roja, que matara sus besos, y las cuencas moradas de unos ojos que fueran sepultura del amor insistente de sus labios. Extraña una piel que era raso, ardiente, oleoso, y otrora sintió junto a la suya, dándole su calor, y extraña un cuello cálido y esbelto, que fuera un día muelle cobijo de su frente y fuerte tentación para sus labios. Extraña el rumor cariñoso de las palabras dichas a media voz, la risa alegre sofocada entre besos, el desmayo y la entrega, y la mirada lánguida entre las puntas crespas de las grandes pestañas que a la vez evoque el amor de unos pechos cuyas puntas erectas rozaran en los suyos abriéndole los poros de un escalofrío. Pezones tiernos como la adolescencia, punzo con la lengua de una víbora bifurcada en horqueta. Y la boca sedienta cree ahora prenderse en las caricias de las puntas carnosas, resistentes, amantes, duras, frágiles; succiona su aspereza rebelde que golpea su botón en su lengua, que se escapa...
Y no hay nada! Y sus muslos clamantes anhelan apretar mórbidas formas blancas de otros muslos... Y aprietan el vacío! Y las manos se crispan.
Añoran las dos curvas turgentes y redondas, bellas, color de leche, que comban la cintura armoniosa y que se parten en la sombra del vello. Y las manos se laxan porque no logran acariciar sus suavidades. Y las manos se mueren porque no encuentran la mata crespa de cabellos castaños en que enredaron sus dedos cariciosos, sujetando una nuca, mientras la boca jugueteaba sus besos en la caricia de la piel.
Y la boca enloquece de ansiedades por sumir sus caricias en la belleza marmórea de la estatua de carne.